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Ignorante Castidad

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Que bien aparentas no aparentar: Ofreces una sonrisa mientras tu alma llora. Muestras satisfacción en tu inmundicia. Escribes sin tu esencia para que no hablen mal de ti. Y haces que tú sonrisa enfermiza parezca sincera. Estando inmerso en la monotonía, te jactas de vivir en plenitud.  Labios sonrosados que dan besos negros. Cuerpo mancillado que refleja el estado de tu alma. Exceso de ideas superfluas guardadas en la cabeza. Con ellas será imposible llenar el vacío que sientes a diario. Superficialidad abyecta que desemboca en un deplorable reduccionismo. Cúmulo putrefacto de masa carente de autoconocimiento, que no se compadece del sufrimiento. Como el "amor" que una vez estuvo allí, y que hipócritamente me decía: "No miento". Pero yo sé bien la inmundicia que realmente eres: Sé cuántos hombres has devorado ansioso en tu manchado cuerpo. Sé de los espectáculos que das cuando no estás en un escenario. Sé que no te satisface el placer de los orgasmos que buscas dese...

Decisiones

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Un frío descarnado se había instaurado en mi pecho con una sensación de vacío infinito. Solo podía respirar acompasadamente, mientras la quietud atenazaba cada uno de mis músculos... "Es hora de terminar". Estas palabras rebotaban en mi cabeza mientras yo intentaba recuperarme del dolor instantáneo y de las ilusiones rotas que salían de mi a través de una única lágrima deslizándose por mi rostro. Empecé a comprender cómo el sentir denominado amor estaba condenado al fracaso para mi desde el principio. Tendría que haberlo visto, tendría que haberme dado cuenta que todo era una ilusión, un dolor disfrazado de dicha. Yo solo era una roca impávida que acompañaba al mar. Aunque este último solo quiere demostrar su afecto con caricias, con el paso del tiempo termina destruyendo a la roca, primero cambiándola y luego matándola. Los golpes del destino, del desamor y del dolor ya habían hecho mella en mi, pero esta vez era distinto. Esta vez no estaba a la defensiva. Había abierto esa...

Dialogo con la Ansiedad

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-Te estoy hablando a tí, enfermo del tiempo. -¿A mí? ¿Y por qué me nombras así? -Has perdido tu forma, tu norte, tu esencia y te has corrompido. -¿De qué diablos estás hablando? ¿No podrías explicarte mejor? -Eres risible porque no eres ni consciente de que ya no eres tú. El camino que conduce a tu memoria se ha borrado. Es triste, pues no pude despedirme de tí. -No entiendo porque dices eso. Yo aún estoy aquí. -Estás pero no eres el mismo. Yo amé al que fuiste porque yo sigo siendo el de ayer, mientras que al que veo y con el que hablo es el de mañana. Has cambiado, has sucumbido al reloj. El futuro es tu presente, y mi amor es tu pasado. Yo te amé, es cierto, pero ya no te amo. -Estás loco. -La locura, mi carcelero maravilloso, no es sino otro síntoma de ser diferente, y yo lo soy pues por mí no pasa el tiempo. Nuestra esencia es como una estrella, que sigue brillando a pesar de haber muerto. -El tiempo pasa y todos cambiamos. ¿Por qué crees que eres diferente? -Simple y llanamente p...

Prisión

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Confusión. Esta es la primera sensación que recuerdo haber sentido cuando me desperté: una confusión intensa, penetrante, omnipresente. No sabía que me había pasado, dónde estaba, cuánto tiempo estuve fuera de mi no tan exquisita realidad. Miedo, lo primero que sentí después de aquella desorientación (presente aún a flor de piel). Miedo por no saber que me pasaría, a estar solo el resto de la existencia; a morir olvidado en algún lugar profano sin ningún tipo de iluminación. Hice un intento de exclamación, de dar algún sentido de orden, pero fue en vano; lo único que sentí fue la reverberación de mi voz, estallando en mi cabeza como una bala perforando mi cráneo. Me levanté, aunque sin perder de mis sentidos la venenosa ilusión desorientadora. Quería gritar, lo deseaba, lo necesitaba. Fue entonces, que me di cuenta de una angustia ligera, muy dentro de mí, que amenazaba con oprimirme del todo en su florecimiento. Esa obsesión empezaba a afectarme y, desesperadamente, busque la tranquil...

Días de Paz. Parte Final: Separación.

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Hacía poco nos habíamos despertado. Aún estábamos aturdidos por la salida de la noche anterior, una más de tantas que nos dejaban con una resaca monumental. Se levantó sin mediar palabra y le quitó las gotas heladas a una lata sin destapar de vodka, mientras preparaba una copa de cristal, de esas de aguardiente. Yo miraba el proceso con mucha calma, sin contrariedad. La ciudad estaba en calma. De afuera no llegaba ningún ruido a excepción del esporádico paso de algún automóvil o el ladrido lejano de un perro.  Abrió la lata de vodka y colocó sobre la cama una toalla que había cerca. Con un movimiento de cabeza me indico que me recostara encima de ella. Así lo hice. Como un tigre sediento abrió la lata de vodka y dejó caer un ligero chorrito de alicorada frialdad sobre mi, lo cual me hizo estremecer. El lo noto, y me besó profundamente. En un momento alargó el brazo y tomó la copa aguardientera. La deslizó delicadamente por mi tórax y abdomen, recogiendo las pocas gotas de licor que...

Días de Paz. Parte 3: Extasis.

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Él le indico al chofer nuestro destino. Nuestro destino… Ahora lo repito, una y mil veces. No sabía que al darle la dirección del lugar a ese desconocido que jamás volvería a ver realmente le estaba indicando la dirección de mi futuro. No sé qué me impulsó a salir con él esa noche, no sé por qué permití que me guiará ciegamente, ni estoy seguro de haber hecho lo correcto. Lo único que sé a ciencia cierta es que si me hubiera quedado en casa ese sábado todo hubiera sido muy distinto. Al principio se me hizo extraño estar ahí, en un lugar tan cercano a él y tan ajeno para mí. Ya sentados en una mesa cualquiera vi reflejada en un espejo la cara de susto que yo utilizaba para las ocasiones en donde la confusión me aquejaba; por ejemplo cuando el me propuso que dejáramos los encuentros causales y empezáramos a salir. Estoy seguro que el también vio mi rostro, aunque se encargó muy bien de no decir nada al respecto. Yo aún no me lograba acostumbrar a la música con volumen estridente ni a las...

Días de Paz. Parte 2: Calma.

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Al despertar de una de tantas ocasiones que estuvimos juntos, el colorido logo de una lata de vodka vacía me saludaba. Siempre me ha parecido inquietante su constante presencia. Me levanté en silencio, y sentí un poco de envidia al ver unas cuantas gotas alrededor de la boquilla del recipiente. También quisiera ser asi de pequeño y besar constantemente los labios de una persona, con la urgencia de una pasión efímera. Me senté en la cama. Pensé en despertarlo para arreglarnos y salir a comer algo; pero recordé que él prefiere hacer una duermevela después de hacerlo. Así que nos arrope con las cobijas y me recoste en su espalda, en lo que encendía el televisor de ese cuarto de hotel con el sonido silenciado. Susurrando, me hizo una suerte de saludo y a los pocos minutos me empezaron a llegar los murmullos de una conversación que él sostenía con alguien en su teléfono celular. Realmente no puse atención a lo que decía, pero el tono de su voz me sumió en un raro estado de melancolía. Recor...